Padre Pio y Su Obra

Padre Pío: Reseña Histórica

La vida terrena del capuchino italiano Padre Pío de Pietrelcina se apagó el 23 de septiembre de 1968; su camino hacia la gloria de los altares alcanzó la meta deseada el 16 de junio del 2002; y el “ruido” que, según su anuncio profético, debe hacer «más después de muerto que en vida» va creciendo de tal modo que no es fácil imaginar los designios salvíficos del Señor por medio de este Santo.

I. EL AYER DEL PADRE PÍO
Datos biográficos
Francisco Forgione De Nunzio, hijo de Grazio María y de María Josefa, nació en Pietrelcina, Provincia de Benevento (Italia), el 25 de mayo de 1887; fue bautizado al día siguiente en la iglesia arciprestal de Santa María de los Ángeles; y en 1899 recibió la Primera Comunión a la edad de 11 años, y el 27 de septiembre, a los 12, el Sacramento de la Confirmación.

A la edad de 5 años prometió «fidelidad» a San Francisco de Asís y comenzaron para él los primeros fenómenos místicos: éxtasis, ataques, también físicos, del demonio, visiones del Señor, de la Virgen María, de San Francisco, del Ángel Custodio..., que no comunicó a nadie hasta el año 1915, porque «creía que eran cosas ordinarias que sucedían a todas las almas».

El 22 de enero de 1903 vistió el habito capuchino en Morcone y recibió su nuevo nombre: Fray Pío de Pietrelcina. Emitió los votos religiosos temporales en esa localidad el 23 de enero de 1904, y los perpetuos, en San Elia a Pianisi el 27 de enero de 1907. Cursó los estudios de filosofía y teología en los centros de formación que los Capuchinos de la Provincia de Foggia tenían en San Elia a Pianisi, San Marco la Cátola, Serracapriola y Montefusco; y, en su camino hacia el Sacerdocio, recibió las Órdenes Menores en Benevento el 19 de diciembre de 1908, el Subdiaconado dos días después, el 21 de diciembre, en la misma ciudad, el Diaconado en Morcone el 18 de julio de1909, y la ordenación sacerdotal en Benevento el 10 de agosto de 1910, después de haber obtenido de la Sagrada Congregación de Religiosos la dispensa de nueve meses de la edad requerida, en documento del 1 de julio de 1910.

Una enfermedad misteriosa - para los médicos y para él mismo: «Yo ignoro la causa de todo esto. Y en silencio adoro y beso la mano de aquel que me hiere», escribió a su Director espiritual en carta del 26 de mayo de 1910 - le obligó a dejar el convento y buscar el clima y los aires de su Pietrelcina natal desde los primeros meses del año 1909 hasta el 17 de febrero de 1916, fecha en que se incorporó a la Fraternidad capuchina de Santa Ana de Foggia. En estos años, sus penitencias, sus largas horas de oración, su lucha denodada contra los ataques, más violentos si cabe que en etapas anteriores, de Satanás, los fenómenos místicos antes citados que se repetían y a los que hay que añadir la «coronación de espinas», la «flagelación», las «llagas» en su cuerpo desde el mes de septiembre de 1910, que, ante sus ruegos insistentes al Señor, permanecieron por unos años invisibles..., le prepararon para cumplir su «grandísima misión»; misión que ya se le reveló en el año del noviciado y a la que hará alusión en una carta de noviembre de 1922 a su hija espiritual Nina Campanile: «Pero Tú, que me mantenías oculto a los ojos de todos, tenías confiada a tu hijo una grandísima misión que sólo se nos ha dado a conocer a Ti, Dios mío, y a mí».

En los años 1915-1917, durante la primera guerra mundial, con prolongadas ausencias por motivos de salud, sirvió como soldado a la nación, en Benevento, Nápoles y Foggia.

El 28 de julio de 1916, con la intención de tomar durante unos días el aire puro de la montaña, subió por primera vez a la Fraternidad de Capuchinos de San Giovanni Rotondo. Regresó de nuevo a este pequeño pueblo del Monte Gárgano el 4 de septiembre, y en este convento, silencioso y solitario al principio y bullicioso y concurridísimo después, lo quiso el Señor durante los 52 últimos años de vida, hasta el 23 de septiembre de 1968, y para siempre después de la muerte. 

El 20 de septiembre de 1918 recibió las «llagas» en manos, pies y costado. Éste y otros carismas extraordinarios le obtuvieron muy pronto una fama mundial, pero le acarrearon también un sin fin de problemas. Graves calumnias, también de algunos que tendrían que buscar y defender con más celo la verdad, motivaron, en los años 1922 y 1923, las primeras disposiciones del Santo Oficio, que, además de declarar que no constaba la sobrenaturalidad de los hechos, imponía serias restricciones al ministerio pastoral del Padre Pío. Estas restricciones fueron absolutas desde el 11 de junio de 1931 hasta el 16 de julio de 1933, de forma que no se le permitía ni salir del convento ni recibir visitas ni mantener correspondencia con el exterior...; podía sólo celebrar la Santa Misa en privado, en la capilla interior del convento. Por motivos muy turbios y, sin duda, como afirmó Juan Pablo II en la homilía de la beatificación, «por una permisión especial de Dios», tuvo que sufrir de nuevo, en los años 1960-1964, sacrílegos espionajes y dolorosas incomprensiones, calumnias y limitaciones en el ejercicio de su ministerio sacerdotal.


Pero, en los muchos años en que pudo ejercer sin trabas su ministerio, el Padre Pío realizó una intensa y sorprendente labor sacerdotal, centrada en el altar y en el confesonario, que impulsó a muchos miles de hombres y mujeres de todo el mundo hacia la santidad, ayudó a otros a recobrar la fe o a encontrar a Dios, y enriqueció además a la Iglesia con obras tan importantes y beneficiosas como la «Casa Alivio del Sufrimiento» y los «Grupos de Oración».

El Padre Pío murió, casi de forma inesperada, a las 2´30 del día 23 de septiembre de 1968; la «hermana muerte» borró de su cuerpo todo rastro o cicatriz de las «llagas»; y sus restos mortales, enterrados allí, a las 10 de la noche del 26 de septiembre, después de recibir durante 4 días las manifestaciones de afecto y las súplicas de miles de devotos, de desfilar durante 3 horas por las calles de San Giovanni Rotondo y de una concurridísima misa de funeral al aire libre, al atardecer de ese día  26, son venerados cada día por miles de peregrinos en la cripta que se preparó, unos meses antes, con esta finalidad, exactamente debajo del altar mayor del Santuario de Nuestra Señora de las Gracias, y - son llamativas las coincidencias - que fue bendecida a las 11 de la mañana del día 22 de septiembre, víspera de su muerte, al mismo tiempo que la primera piedra del monumental Vía Crucis que recorre varios cientos de metros por las estribaciones del Monte Gárgano, obra del conocido escultor Francisco Messina.

Carismas extraordinarios y vida ordinaria.
En la vida del Padre Pío hay muchas cosas desconcertantes e inexplicables para la ciencia, como la hipertermia: subida de su temperatura corporal hasta los 48 y más grados; la alimentación: con frecuencia, una sola comida al día - cuando la tomaba - y muy escasa para una jornada de 15 y 16 horas de duro trabajo, sobre todo en el confesonario; la  bilocación: sin abandonar San Giovanni Rotondo, se le «vio» en otros lugares de Italia y de América; el  conocimiento de las conciencias: son muchos los que afirman que, al acercarse a su confesonario, escucharon de labios del Padre Píola lista completa de los pecados - con frecuencia olvidados por la distancia de los años - que tenían que manifestar al confesor; el don de profecía: en 1959, respondió al saludo que el cardenal Montini le enviaba desde Milán con el comandante Galletti, hijo espiritual del Padre Pío, con este mensaje: «Escúchame atento, Galletti. Di a su Excelencia que, cuando muera este Papa, él ha de ser su sucesor», y, aunque no han faltado los desmentidos, en artículos, biografías y filmes se sigue hablando de la invitación a prepararse para ser el Sucesor del apóstol Pedro dirigida al joven sacerdote polaco Carlos Wojtyla, hoy Juan Pablo II, cuando, en el año 1947, arrodillado ante el Padre Pío, celebraba el Sacramento de la Penitencia en San Giovanni Rotondo; el  perfume: lo describen como agradable, sutil y delicado, mezcla de violetas y de rosas, y, entre los que confiesan que lo han percibido, unos lo  han disfrutado en presencia del Padre Pío y otros a miles de kilómetros de distancia, unos en vida del Religioso capuchino y otros después de su muerte, algunos conscientes de que ya se hablaba de este fenómeno y otros sin conocer siquiera la existencia del Fraile de Pietrelcina...; y si las «llagas», vivas, abiertas y sangrantes durante 50 años, fueron un problema sin solución para la medicina y la psicología, no lo fue menos su desaparición completa, el día de su muerte, sin dejar huella ni cicatriz alguna, como lo atestiguan las fotografías que se tomaron a los pocos minutos de que el médico, el doctor José Sala, certificase su defunción.  Éstas y otras muchas cosas excepcionales son los dones extraordinarios que recibió del Señor el Padre Pío. Sin olvidarlos, queremos detenernos a subrayar otros rasgos, muy importantes y valiosos, de su vida ordinaria. El Padre Pío es el seguidor humilde, obediente, caritativo y alegre de Francisco y de Clara de Asís; es el sacerdote santo y celoso; es el enamorado de Cristo; es el devoto de la Virgen que lleva siempre en sus manos o enrollado en el brazo el rosario y lo recita muchas veces al día; es el hermano que vive para sus hermanos y que tiene sus preferidos en los pobres, los enfermos y los alejados de Dios por el pecado; es el creyente que busca en todo la gloria de Dios y la salvación de las almas...

El Papa Juan Pablo II, en la homilía de la beatificación del Padre Pío, se refirió, sí, a «su cuerpo marcado por las “llagas”», que hacían de él una «imagen viva del Cristo sufriente y resucitado»; a los «dones singulares que le fueron concedidos y los sufrimientos interiores y místicos que los acompañaban»; a «su experiencia del cielo», consecuencia, sin duda, de sus éxtasis y de las visiones repetidas del Señor, de la Virgen, de Francisco de Asís, de los Ángeles...; pero lo hizo como de paso y de puntillas. Lo que recalcó con fuerza en «la vida de este humilde hijo de San Francisco», fue el «constante ejercicio de fe»; la «durísima ascesis a la que el Padre Pío se sometió desde su primera juventud» para alcanzar la «progresiva identificación con el divino Maestro»; la «obediencia» a los superiores que, cuando «el elegido, por una permisión especial de Dios, es objeto de incomprensiones..., se convierte en un crisol de purificación, un sendero de progresivo asemejarse a Cristo, un robustecimiento de la auténtica santidad»; su «experiencia complicada y constante de los sufrimientos del Señor con el convencimiento inmutable de que “el Calvario es el monte de los Santos"»; la «caridad», que, purificada por el dolor, «se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de los hermanos»; su «vida entregada a la oración», en cuya escuela «se han multiplicado en todos los rincones del mundo los “Grupos de Oración”»...

Y dejó para la Plaza de San Juan de Letrán, a la que se trasladó en helicóptero, una vez terminada la ceremonia de la beatificación, para saludar a los peregrinos que desde allí habían seguido la celebración y rezar el «Regina Coeli», uno de los rasgos más característicos de la espiritualidad del Padre Pío. «El Padre Pío - dijo con voz firme y emocionada - nos invita particularmente a amar y venerar a la Virgen María. Su devoción a la Madonna se transparenta en todas las manifestaciones de su vida: en las palabras y en los escritos, en las enseñanzas y en los consejos que dispensaba a sus numerosos hijos espirituales. Auténtico hijo de San Francisco, de quien había aprendido a dirigirse a María con espléndidas expresiones de alabanza y amor, el nuevo Beato no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción a la Madonna tierna, profunda y enraizada en la genuina tradición de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesonario como en la predicación, volvía siempre a exhortar: “¡Amad a la Madonna!”. Al final de su paso por la tierra, en el momento de manifestar su última voluntad, volvió su pensamiento, como lo había hecho durante toda su vida, a María Santísima: “Amad a la Madonna y haced que la amen. Recitad siempre el rosario”».

«Hombre de oración»
Del Padre Pío se ha escrito:  «El Padre Pío es un hombre hecho oración; es la definición que mejor le corresponde, como al Seráfico Padre»; y fueron muchos los que aprendieron de él la difícil e importante enseñanza de la oración.

El Padre Pío oraba para prepararse a la Santa Misa y para dar gracias después de celebrarla; oraba para encontrarse con Dios: «En el estudio de los libros se busca a Dios, en la meditación se le encuentra», solía repetir; oraba para contemplar la vida y, sobre todo, la muerte de Cristo: «El alma cristiana no deja pasar un solo día sin meditar la pasión de Jesucristo», escribió en sus cartas de dirección espiritual; oraba buscando alivio en sus continuos sufrimientos: «El mejor consuelo es el que viene de la oración», aconsejaba desde su experiencia personal de cada día; oraba para comprar las almas para Dios: «O le perdonas o bórrame del libro de la vida», gritaba a su Dios cuando había tenido que negar la absolución a algún penitente; oraba para implorar de Dios las gracias que le suplicaban sus devotos: «Mis oraciones, que tú me pides con insistencia, no te faltan nunca, porque no puedo olvidarme de ti que me costaste tantos sacrificios», escribía a uno de sus hijos espirituales; oraba, con devoción especial, para felicitar e invocar a la Virgen María, sobre todo con el rezo del rosario, que era su oración preferida y al que llamaba su «arma»... Se puede decir que orar fue la vocación del Padre Pío: «Yo quiero ser sólo un pobre hermano que ora», confesó en cierta ocasión.

El Padre Pío fue un buen maestro de oración. Invitó a orar: «Ora con constancia, con confianza y con la mente tranquila y serena»; enseñó los frutos de la oración: «La oración es la mejor arma, es la llave que abre el corazón de Dios»; aconsejó la oración insistente «ya que la insistencia pone de manifiesto la fe»; oró, durante muchos años, a mediodía y al atardecer, con los miles de peregrinos que llegaban cada día al Santuario de Nuestra Señora de las Gracias de San Giovanni Rotondo; y, para secundar las llamadas a la oración del Papa Pío XII, promovió, a partir del año 1947, los «Grupos de Oración», a los que contempló como «un ejército de orantes, de personas que fueran “levadura” en el mundo con la fuerza de la oración» y encomendó la misión de ser «faros de luz y de amor en el mundo». Muy pronto se extendieron por Italia y por los cinco continentes; y tuvieron la suerte de que fueran para ellos la última Misa y la última bendición del Padre Pío, el día 22 de septiembre de 1968, pocas horas antes de su muerte, durante el Congreso Internacional que celebraban en San Giovanni Rotondo.

«Hombre de sufrimiento»
La vida del Padre Pío estuvo marcada por el sufrimiento. Más aún, aunque nos resulte incomprensible, el Padre Pío amó el sufrimiento, pidió a Dios la gracia de sufrir, y el sufrimiento fue  - son sus palabras  - «Mi alimento diario, mi ¡delicia!». A  cierta persona que le comentó:
«Padre, tú amas aquello que yo temo», respondió el Padre Pío: «Yo no amo el sufrimiento por el sufrimiento; lo pido a Dios, lo suplico por los frutos que me aporta: da gloria a Dios, me alcanza la salvación de mis hermanos en este destierro, libra a las almas del fuego del purgatorio, y ¿qué otra cosa puedo desear?». Y deseó el sufrimiento, sobre todo, para identificarse con Cristo: «Sí, yo amo la cruz, la cruz sola, porque la veo siempre en los hombros de Jesús».

Imposible presentar la lista completa de los sufrimientos del Padre Pío. Enumeremos sus múltiples y misteriosas enfermedades: «No te entiendo, no sé qué hacer contigo», le dijo el médico cuando el joven capuchino no había cumplido todavía los 25 años; sus continuos ayunos; su trabajo extenuante en el confesonario; sus largas vigilias de oración por la noche; y, sobre todo, las «llagas» en sus manos, pies y costado: «¿Qué creéis que Jesús me las ha dado para simple condecoración o qué?», respondió al que le preguntaba si le producían dolor y molestias.

Pero más dolorosos que los físicos fueron sus sufrimientos morales: Ante todo las «llagas», que le causaban, como confesó a su Director espiritual, «una confusión y una humillación indescriptible e insostenible»; las visitas médicas para examinar sus «llagas», impuestas por las Autoridades eclesiásticas y de la Orden capuchina; su aislamiento de los fieles y la prohibición, durante más de dos años, de todo ministerio sacerdotal, a excepción de la Misa que, como ya se ha indicado en otro lugar, debía celebrar en privado; las calumnias gravísimas contra su persona y su ministerio; las «violentas y asiduas» tentaciones contra la fe, la esperanza y la pureza; y, sobre todo, el fenómeno místico de la «noche obscura», que le acompañó durante casi toda su vida y le llevó a escribir:
«Preferiría llevar mil cruces y hasta me sería dulce y llevadera toda cruz, si no tuviese esta prueba de sentirme siempre en la duda de si agrado o no al Señor en mis obras».
Hombre de sufrimiento para identificarse con Cristo, el Padre Pío no pudo menos de compartir y de buscar remedio eficaz a los sufrimientos de sus hermanos. Sólo un loco o un santo pudo lanzarse a una empresa tan arriesgada, por no decir humanamente imposible, como la de construir, con los donativos de los fieles, un hospital de 300 camas en la lejanía del Monte Gárgano. El entorno de San Giovanni Rotondo era en aquel entonces uno de los más pobres y abandonados de Italia.
Alejado de las ciudades de Nápoles y de Foggia y con unos medios de comunicación deficientes, los enfermos estaban condenados a vivir su enfermedad y a morir en condiciones lamentables, sin asistencia médica adecuada.

Del gran hospital, cuya primera piedra se bendijo y colocó el 16 de mayo de 1947, fue un preludio durante 13 años, desde enero de 1925 hasta el terremoto de 1938 que lo destruyó, el «Hospital de San Francisco», acomodado en un pequeño local del antiguo monasterio de clarisas de San Giovanni Rotondo. Urgidos por las consignas del Padre Pío: «En cada enfermo está Jesús que sufre; en cada pobre está Jesús que languidece; en cada enfermo pobre está dos veces Jesús», un grupo de «locos» se implicaron de lleno en la construcción de uno de los hospitales más modernos y amplios de Italia, «destinado a aliviar los sufrimientos del cuerpo y del alma», al que el mismo Padre Pío dio el nombre tan significativo de «Casa Alivio del Sufrimiento». Los donativos, pequeños o cuantiosos, fruto siempre del sacrificio del que los entregaba, sobre todo de los miembros de los Grupos de Oración, fueron llegando ininterrumpidamente desde los cinco continentes. Con razón pudo decir el Padre Pío, el día 5 de mayo de 1956, fiesta de San Pío, en la ceremonia de la inauguración: «Ésta es la criatura que la Providencia, ayudada por vosotros, ha creado; os la presento. Admiradla y bendecid junto conmigo al Señor. Agradezco a los bienhechores de todo el mundo que han colaborado».

El Padre Pío - son palabras de Juan Pablo II en la homilía del 2 de mayo de 1999 - «la quiso como un hospital de  primer orden, pero sobre todo se preocupó de que en él se practicase una medicina verdaderamente “humanizada”, en la que el contacto con el enfermo se distinguiera por la atención más cálida y por la acogida más cordial. Sabía bien que quien está enfermo y sufre, necesita, no sólo de una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo de un clima humano y espiritual que le permita encontrarse consigo mismo al entrar en contacto con el amor de Dios y con la ternura de los hermanos». En su construcción, y en las sucesivas ampliaciones hasta alcanzar las cifras actuales de 1.200 camas y más de 3.000 trabajadores implicados en ella, la «Casa Alivio del Sufrimiento»  - son de nuevo palabras del Papa  – puede «demostrar que los “milagros ordinarios” de Dios pasan a través de nuestra caridad».

“Nos estimula con su ejemplo”
Así reza el Prefacio II de los Santos  del Misal romano: «Porque mediante el testimonio admirable de tus santos fecundas sin cesar a tu Iglesia con vitalidad siempre nueva, dándonos así pruebas evidentes de tu amor. Ellos nos estimulan con su ejemplo en el camino de la vida y nos ayudan con su intercesión».
Si, como dijo el Papa Benedicto XV: «El Padre Pío es uno de esos hombres extraordinarios que Dios manda de vez en cuando para convertir a los hombres», en las enseñanzas y en los ejemplos del Santo de Pietrelcina hemos de escuchar las llamadas del Señor a la conversión y a una vida cristiana auténtica. Para concretar más esas llamadas a la conversión podemos fijarnos en los mensajes de las seis peticiones que Juan Pablo II dirigió al «humilde y amado Padre Pío» en la homilía de la canonización, que ya hemos trascrito, y que, en parte, ya había presentado en la homilía de la beatificación, al invitarnos «a la oración, a recurrir al Sacramento de la Penitencia, al amor fraterno, y a amar y venerar a la Virgen María».

Agradecimientos a Fray Elías Cabodevilla Garde por permitirnos utilizar parte de su libro San Pío de Pietrelcina para dar una breve reseña biográfica del Padre Pío.